Siempre se ha dicho que en la vida —como en cualquier historia— hay dos versiones.
La pregunta incómoda es esta: ¿cuál estás usando para sobrevivir y cuál para crecer?
Porque casi siempre, cuando alguien cuenta su historia, hay un culpable claro…
y curiosamente nunca es él mismo.
En mi día a día, en reuniones con clientes, amigos y conocidos, el patrón se repite:
los resultados no llegaron por culpa del tráfico, del clima, de la falta de tiempo, del internet, del caos, de ChatGPT, de lo que sea.
Y entonces recuerdo una frase que duele porque es verdad:
“No te quejes de los resultados que no obtuviste por el esfuerzo que no hiciste.”
No es una frase motivacional.
Es un espejo. Y no a todos les gusta mirarse ahí.
Las excusas no aparecen porque seamos malas personas.
Aparecen porque el cerebro busca protegernos del golpe al ego.
Psicológicamente, excusarnos es una forma de alivio inmediato: reduce la incomodidad de aceptar que no dimos lo que sabíamos que podíamos dar. El problema es que ese alivio es momentáneo… y el costo es permanente.
Quejarse no genera progreso.
El esfuerzo silencioso sí.
Cada vez que evitamos asumir nuestra parte, perdemos aprendizaje.
Cada vez que culpamos a algo externo, entregamos el control de nuestros resultados.
Y cada vez que repetimos la excusa, reforzamos una identidad peligrosa:
“Yo hice lo suficiente.”
cuando en el fondo sabemos que no fue así.
Las excusas no solo frenan el crecimiento: alimentan el conformismo.
Van apagando sueños, metas y ambiciones, justificadas por una cadena interminable de razones “válidas”.
Y ojo: dejar las excusas no es negar la realidad, ni volverse duro o inhumano.
Es practicar honestidad brutal.
Aceptar que:
- No siempre hicimos lo necesario.
- No siempre priorizamos bien.
- No siempre tuvimos disciplina, aunque decíamos querer resultados.
La presión social nos empuja a querer ser mejores, a estar “a la altura” de algo que ni siquiera sabemos definir. Pero vivir motivado no es decirle sí a todo con energía falsa.
Vivir con sentido es:
- Definir un foco.
- Tener un plan.
- Ejecutar una estrategia.
No por motivación, sino por disciplina.
Porque la disciplina te acerca a lo que quieres incluso cuando no tienes ganas.
Y si aún no has llegado…
no es porque el mundo esté en tu contra.
Es porque todavía no has hecho lo necesario.
Dejar de excusarte no es un acto de dureza.
Es un acto de valentía.
Es dejar de explicar por qué no pudiste
y empezar a preguntarte qué vas a hacer diferente.
Cuánto estás dispuesto a entregar.
Qué comodidades vas a soltar.
Y si de verdad quieres los resultados que dices querer.
Porque al final, la vida no responde a excusas.
Responde a acciones.
Y cuando alguien quiere de verdad, lo hace.
Sin tanto discurso.
Sin tanta justificación.
Sin tantas excusas.
Ismael Mercado
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